NIÑO INTELIGENTE, NIÑO COMPETENTE.



Como docente y padre, me pregunto si tenemos claro para qué educamos. Los conceptos de inteligencia, competencia, capacidad, habilidad y talento, parecen emplearse, a veces, en la comunidad educativa, de manera ambigua. Hablamos continuamente de manera difusa de educación en competencias, altas capacidades, inteligencia emocional, de habilidades académicas, artísticas, físicas, etc. Pienso que sería conveniente pararnos a clarificar algunos conceptos utilizados habitualmente.

En  el libro “Identificación y evaluación del alumnado con altas capacidades de Steven I. Pfeiffer (2015), se realiza una revisión  a la bibliografía científica, (desde Terman, Gallagher, Hollingworth hasta Gagné, Sternberg, Subotnik, Stanley, Renzulli, Ericsson y Gardner), acerca de los conceptos y teorías de la inteligencia, el talento y la capacidad. Sus contenidos me han hecho reflexionar, investigar e intentar aclarar, las diferencias entre estos concepto incluido el de competencia.



Me han surgido muchas preguntas, que me resultan interesantes para el desempeño docente y familiar; ¿es lo mismo ser inteligente, que ser competente?, ¿se puede ser inteligente y no ser competente?, ¿educamos en casa y en la escuela para desarrollar competencias y/o inteligencias?

Convendría exponer definiciones consensuadas sobre estos dos constructos. En este caso según la rae, la inteligencia tiene varias acepciones, entre ellas encontramos; capacidad de entender, de resolver problemas, comprensión, habilidad, destreza. (Real Academia Española, s.f., definición1, 2, 3 y 5)

Como podemos observar, su definición, se asocia a otros conceptos como entendimiento, resolución de problemas, conocimiento, comprensión, habilidad, destreza y experiencia. Dicho de otra forma, es un compendio de habilidades que incluye aspectos cognitivos y conductuales.

En la definición de competencia, según la rae, encontramos una acepción que dice;”pericia, aptitud o idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado”. (Real Academia Española, s.f., definición 2)

A simple vista podríamos pensar que las competencias, están vinculadas sobre todo al ámbito práctico. Mientras, la inteligencia lo estaría, además, en el ámbito de procesos cognitivos, del conocimiento, de la teoría.

Una vez realizado esta primera distinción, grosso modo, debemos subrayar que la inteligencia incluye el ámbito de lo práctico, es decir, la experiencia y la destreza para realizar actividades, saber hacer. Saber es saber hacer.

Volviendo al citado libro, el tema central versa sobre las altas capacidades. El concepto de capacidad aparece, pues, vinculado al de inteligencia. Convendría pararnos en este punto para seguir en nuestra aclaración.

 Encontramos como el autor propone, en su “Modelo tripartito de las altas capacidades”, que la alta capacidad puede ser vista desde tres perspectivas: el coeficiente intelectual, el rendimiento académico y la potencialidad del talento . Para no alargarme en exceso, podría resumir como Pfiffer, concluye, que el constructo altas capacidades no es real, es artificial, una construcción humana, una convención para entendernos. Que, además de factores biológicos y cognitivos, existen otros igualmente importantes para la adquisición del desarrollo de las capacidades reflejadas en competencias, que son elementos conductuales como; la voluntad, el trabajo duro y la persistencia.

Se me viene a la cabeza el dicho popular “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”. Ciertamente cuando hablamos de capacidades, talentos, inteligencia, habitualmente aparece el término de la comparativa. Es decir, alguien es inteligente porque lo es en comparación con la media, por ejemplo hablamos de ser mas o menos inteligentes en relación a un grupo clase. Este tipo de comparativas, resultan incomodas, ya que pueden aflorar sentimientos de inferioridad. Este aspecto de educar en la igualdad, que no es lo mismo que hacerlo en la equidad, daría espacio para realizar otra reflexión.

En definitiva los conceptos inteligencia, capacidad y competencias generalmente aparecen en comparativas individuales y grupales, donde unos salen mas beneficiados que otros.

Pfiffer, incluye en el concepto de altas capacidades, la variable de valor social. Es decir, ¿qué valor tiene en nuestra comunidad, lo que sabemos y realizamos?, ¿qué aporte de valor da a nuestro sistema social y cultural?

En la actualidad, la comunidad científica que trabaja en estos temas, parecen ponerse de acuerdo, en varios aspectos interesantes para nuestra aclaración. El concepto de altas capacidades y por ende de la capacidad y las competencias, incluye conceptos como inteligencia, rendimiento, y potencial (Pfeiffer, 2015).

Como conclusión, el concepto de competencias está vinculado al rendimiento y a la inteligencia. Queda claro, entonces que son dos medidas distintas, lo que un niño es capaz  de procesar cognitivamente y lo que puede o quiere hacer en la práctica, su competencia. Puede haber niños inteligentes pero que no desarrollen adecuadamente competencias, debido a factores limitantes, como por ejemplo como la falta de motivación, de atención, etc.

Todas las personas tenemos distintas niveles de estos dos constructos, inteligencia y competencia, y en la medida que nos comparemos con unos u otros saldremos, más o menos en una media. Llegados a este punto, y teniendo más claro que inteligencia no es lo mismo que competencia, podemos plantearnos que un objetivo de la educación podría ser educar en el principio de excelencia. Es decir educar en la mejora y la superación personal, sin compararnos a nada. Compararnos, al fin y al cabo sería relativo, subjetivo, se escaparía de nuestro círculo de influencia. Plantear mejorarnos día a día, a través de la automotivación y la constancia, parece más accesible y eficaz para nuestro bienestar.

 Esto nos llevaría a focalizarnos en la potencialización del rendimiento (de la capacitación, de las competencias), como el trabajo duro (esfuerzo) y la persistencia más que a preocuparnos por un concepto abstracto de inteligencia. Plantearíamos en nuestros hogares y centros educativos que la educación en la cultura del esfuerzo y superación personal es más determinante, para desarrollarnos y ser felices, que ciertos grados de inteligencia comparativa.

Para terminar me gustaría realizar una reflexión, ¿son el esfuerzo y la persistencia  componentes de valor social y un objetivo a alcanzar en nuestra comunidad educativa?

                                                                                               Álvaro. L .Maldonado 

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